¿Por qué enferman los salmones españoles en el río?

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Desde los años setenta, los salmones atlánticos han sufrido un paulatino deterioro de su estado sanitario en España, provocando mortandades más o menos altas en ejemplares que no llegan a desovar. Mueren sin haber dejado prole. Las enfermedades pueden ser múltiples y de muy diversos orígenes, aunque la mayor parte de ellas proviene de la propia agua en la que se mueven o del contacto de los propios peces con otros.
En general, las estadísticas apuntan a que mueren más salmones en los ríos con peor calidad de agua. Algunos, como el Asón o el Pas, sufren especialmente estas consecuencias en forma de bacilos que se “pegan” al cuerpo del salmón y que son el fruto del exceso de materia orgánica y la contaminación por vertidos.
Esta bacteria, la Aromonas salmonicida -conocida como la “peste negra”-, fue detectada por primera vez en Asturias en 1969, un año más tarde en Cantabria y, progresivamente, en todo su hábitat nacional, con tal virulencia que siempre es letal. Pero aun así, el principal enemigo que encuentran los salmones en agua dulce es el hongo de la saprolegnia.

Estas esporas son responsables de que, literalmente, sus cuerpos se vuelvan blancos, según se propagan, y terminen por consumirlo poco a poco. Los ascensos de temperatura o el bajo caudal, unido a la extrema pérdida de fuerzas que sufren, son sus mayores focos de expansión. Sin embargo, la gran amenaza del siglo XXI tiene que ver como ninguna otra con la mano del hombre y el mercadeo con su carne.

El peligro de la acuicultura y el salmón de granja

La acuicultura ha provocado unos problemas medioambientales que trascienden de la zona donde se realiza. Los salmones de granja -cultivos marinos en los que se estabulan, crían y engordan hasta que son vendidos para consumo-en lugares como Noruega, Canadá, Escocia o Irlanda, son un riesgo potencial. Los peces “cultivados” poseen en la mayoría de los casos una susceptibilidad mucho mayor a la influencia de diversos patógenos y enfermedades. Son sencillamente y a raíz de generaciones, más débiles, peor dotados y genéticamente impuros. Únicamente están destinados como alimento.
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Granjas de salmón, en la isla de Tasmania, Oceanía. Foto: Rod Cuthbert.

Anualmente, se producen fugas masivas de estos peces por la rotura de las mallas que los aíslan. En ese momento, cualquier contacto con salmones “naturales” puede suponer la transmisión (a éstos y a su descendencia) de las carencias inmunológicas, además de un alto porcentaje de hibridación que pone en peligro la pureza de la especie.
Por el momento, la lejanía de estas granjas respecto a España puede salvar nuestras poblaciones de este riesgo, aunque nunca se podrá controlar que los salmones cantábricos no hayan permanecido en aguas del Atlántico donde hubieran podido mezclarse con otros ya contaminados genéticamente.
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