Acuicultura: sus riesgos para las poblaciones de peces

La acuicultura no será un sector sostenible mientras la población mundial demande cada vez más toneladas de alimentos para nutrirse. El crecimiento demográfico, la extensión de la sociedad de consumo y la capacidad de adquirir bienes han acabado por influir en la producción de miles de materias primas que han tenido que buscar recursos y fórmulas para poder atender esta necesidad. En el caso de los frutos de mares y ríos, los pescados que llegan a nuestra mesa, la situación ha sido más grave.
Según la FAO, la división alimentario ONU, en 1987 la producción mundial per cápita de pescado era de 14,6 kg. al año, mientras que en el 2016 superaba los 20 kg anuales. La población mundial crece más rápidamente que el suministro de pescado que puede obtenerse de la pesca comercial marítima y fluvial y la solución a esta demanda insatisfecha la encontraron pronto países como China, el primer productor mundial, pero también llegó a otras regiones más desarrolladas como Europa o Norteamérica.
La piscicultura, una industria con miles de años de historia, era el remedio para acabar con ese lecho de abastecimiento y el modo de potenciar un sector que tradicionalmente había sido testimonial en la economía de los países y con fines concretos. Según la misma FAO en su informe sobre El Estado Mundial de la Pesca y la Acuicultura 2016 (el más reciente), este sector crece actualmente a un ritmo más rápido que cualquier otro relacionado con la obtención de alimentos de origen animal. Sin embargo, la intensificación de la acuicultura y la proliferación de granjas de pescado no es una industria sin riesgos ni costes en otros ámbitos.




Se estima que se extraen de los océanos del mundo alrededor de 93,4 millones de toneladas de pescado al año, y de esa cantidad sólo una parte está destinada a terminar como plato cocinado de algún restaurante o en los hogares, después de adquirirlo en los mercados. De hecho, un tercio de esa producción se destina a la fabricación de harinas y aceites de pescado; a su vez, el 66 % de ese tercio es empleado para alimentar a los peces que se crían en piscifactorías de mares y ríos. Muchas toneladas de pescado que no hacen sino aumentar la presión de pesca sobre caladeros y especies que ya se encuentran sobreexplotados.
Es el caso de algunos peces de los que se obtienen los mejores piensos o aceites una vez tratados, como la sardina o la bacaladilla, que han pasado de ser una materia prima fundamental en la alimentación humana al principal ingrediente en la dieta del pescado de cría. Es la demostración de que la piscicultura, lejos de aminorar la demanda de peces —marinos fundamentalmente— está creando una nueva forma de dependencia que puede ser peor que el problema original de falta de suministro.
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En Malasia pescan y terminan de criar los peces en estas zonas de pesca en mar abierto. Las botellas azules organizan las complejas redes que usan. Foto: Todd Huffman

Cuatro kilos de pescado para producir uno

Hoy en día se entiende por acuicultura la cría, engorde y reproducción de especies piscícolas, para lo cual son necesarias unas inversiones importantes, principalmente en el caso de las granjas marinas, donde el estabulamiento de los ejemplares es una empresa difícil y costosa para los empresarios y los gobiernos, si bien no ha sido impedimento para que en los últimos 15 años hayan proliferado en los litorales de medio mundo.
Salmones, atunes, lubinas o truchas en su especie migradora de agua salada son, actualmente, los más demandados por el mercado internacional y han llegado a crear una nueva industria puntera en algunos países. A la tradición de noruegos, escoceses o canadienses —además de chinos—, naciones como Chile desarrollan un potencial en la cría de peces que evoluciona mucho más que sus competidores. Hoy, sin ir más lejos, están a punto de colocarse a la cabeza mundial de producción de salmones.
Pero todos estos peces  hay que alimentarlos. En general, la cantidad de comida necesaria para conseguir el tamaño de los ejemplares que más tarde se sirven en las pescaderías es desproporcionada. WWF/Adena ha realizado estudios que estiman que son necesarios cuatro kilogramos de alimento de pescado marino tratado para conseguir un kilo de peces en una piscifactoría. Algunos, los más voraces, como el atún rojo, precisan de hasta 20 kg de ese alimento para engordar un kilogramo. Esa demanda supone el consumo del 70% de la producción global de aceite de pescado, y alrededor del 34 % de las harinas que también se obtienen de estos animales.
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Granjas de pescado. Foto: Annalise Jackson

Por especies, son el salmón y la trucha los que más afectan a esta demanda, con un 53% del aceite que se genera en el mundo. De seguir así, esta organización calcula que la industria de la piscicultura absorberá el 100% de los aceites que se extraigan del pescado marino. Los bancos de sardinas, anchoas, caballas o pescadillas son los más perjudicados por este motivo. Estas especies, de alto contenido oleico, son muy perseguidas para conseguir esta sustancia esencial en la acuicultura.
Paradójicamente, son un plato fundamental en la gastronomía de países como España, pero este uso sólo representa un porcentaje minoritario para la flota mundial, que destina su inmensa mayoría al procesamiento de su carne en fábricas de tratamiento. Es lo que se denomina pescado industrial; un pescado que es un recurso limitado y cuyas reservas no están lejos de agotarse en caladeros como el del Atlántico Nordeste, donde ya en 1983 se declararon las aguas sobreexpolotadas y aun así siguen extrayéndose del mar toneladas de peces.

Acuicultura frente a pesca profesional

Pese a estas cifras, los resultados de explotación y los rendimientos económicos parecen mostrar un futuro claro a la acuicultura en detrimento de la pesca profesional o de captura. La principal ventaja con la que cuenta es la rebaja de los costes de producción y un mayor nivel de ingresos que les permite reinvertir en los métodos de explotación y en la aventura de intentar la cría de nuevas especies, ya que no todas son susceptibles de vivir en jaulas marinas o en es-tanques de agua dulce.
Ésta es aún la principal ventaja de los barcos profesionales, capaces de extraer peces que de otra manera son imposibles de conseguir. El desarrollo de la acuicultura ha beneficiado a muchos sectores y ha generado unos ingresos importantes a un buen número de sectores relacionados.




Tanto los productores como los consumidores han visto con buenos ojos el descenso del precio del pescado y la llegada de especies a mercados lejanos, como es el caso del salmón atlántico en Asia o los camarones tropicales en Europa, donde no sólo se consumen, sino que se crían. En el caso español, los resultados se pueden notar desde hace algunos años con el descenso evidente en el precio de las tres principales especies marinas que se producen en granjas: lubinas, doradas y rodaballos.
En agua dulce, en cambio, la trucha sigue siendo el único pez capaz de generar demanda para continuar con su cría. Esta reducida lista de especies criadas está muy estabilizada mundialmente, representando un total de 29 peces, el 78% de la producción mundial, y el resto consiste en una gran diversidad de pequeñas explotaciones dedicadas a especies minoritarias y de importancia local. Gracias a este desarrollo, ya se han conseguido algunas alternativas al uso de peces pelágicos para producir harinas y aceites.
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La primera de ellas, el aprovechamiento de los restos de peces empleados para el consumo humano, que previamente tiene que solucionar otro inconveniente: el tratamiento del pescado (pelado, fileteado y desespinamiento) en alta mar, lo que implica que los residuos no utilizados sean arrojados sin ningún uso cuando podrían servir de alimento para la piscicultura. Además, no todos los peces valen, ya que los grandes depredadores contienen en sus partes duras un porcentaje de contaminación por dioxinas y otras sustancias químicas tóxicas que impide su utilización.
La investigación de otras fuentes de alimento es una más de las posibilidades, que se centra en el estudio de proteínas y aceites vegetales que pueden sustituir a los de origen animal, aunque aún no se ha dado con la receta mágica. Mientras la piscicultura sigue creciendo, la necesidad de peces para alimentarla está mermando las poblaciones y los ecosistemas se están viendo alterados por la falta de un elemento imprescindible en la cadena ecológica como son los pequeños peces pelágicos. En este caso y más que nunca, el pez grande se está comiendo al chico.
Este artículo fue publicado originalmente por Enrique Aguado en la revista Meda.

Sobre el autor

Enrique Aguado

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Este periodista madrileño lleva toda su trayectoria profesional vinculado a la pesca en medios especializados. Durante 15 años trabajó en la revista Trofeo Pesca (9 de ellos como director) y escribió artículos para diversas publicaciones. Reside en Miami (Estados Unidos) y es consultor de contenidos online, social media y marketing digital. En su currículum también figuran trabajos para suite101.net, la Asociación de la Prensa de Madrid, ikreate.es o como account manager para agencias de comunicación. www.cosaschulasdepesca.com es su web personal con contenidos diferentes y personales sobre la pesca.

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